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    August 30

    Diccionario de la Realidad Burlada: Tercera Parte

     

    Liderazgo: Forma evolucionada de dominación jerárquica. Método de escalación en las estructuras sociales que en la actualidad reemplaza cualidades probatorias de buena salud como la fortaleza física del macho dominante -en una horda de primates-, o signos externos, como el plumaje del pavo real.

    En las especies menos evolucionadas, tales cualidades representan la forma usual de asegurarse la transferencia instintiva de sus propios genes a la prole. En la actualidad, el traspaso de genes de un ser humano a otro ha permutado en un accesorio, esto para darle lugar a formas más sofisticadas de herencia socio-biológica, como la fama o el legado intelectual o espiritual.

     

    Dios: Def. En su noción más tradicional de occidente. Proyección mental cristalizada en una figura divina hecha a imagen y semejanza del ser humano. Esta imagen fue creada para separar al individuo de su unión inmanente con el todo, y por lo tanto, con la verdadera naturaleza de Dios . Tal fragmentación encuentra su propósito en un afán del ser humano de sustraer del Yo, la escalofriante responsabilidad de tener algo de Dios dentro de sí mismo.

     

    Deporte: Emulación moderna de la ley de la selva en donde el ser humano debe de invertir sus hormonas que otrora utilizaba para cazar y sobrevivir en la hostilidad del mundo natural.

     

    ·        Transformación del instinto de supervivencia del más apto hacia una forma de competitividad sana.

    ·        En la actualidad, el deporte también puede ser usado como una forma de exhibición sexuada con fines de galanteo.

     

    Crédito (Personal o de Vivienda): Forma de esclavitud actualizada. Excusa de los miembros promedio de las sociedades capitalistas para mantenerse en el statu quo que les brinda estabilidad financiera. Es común que los individuos que recurren a créditos de este tipo, pierdan sus posibilidades de desarrollar sus verdaderas potencialidades y talentos.

     

    ·         Def Instrumento utilizado para saciar las ansias cortoplacistas de pertenecer a un status socioeconómico, sacrificando así la libertad individual y la satisfacción de largo plazo.

    ·         Alt Alternativa mediocre a la que recurre un individuo ante su incapacidad de acumular y producir capital.  

    August 26

    El Día del Mendigo

     
     

    El Día del Mendigo[1]

     

     

    U

    nas horas después Franco ya había salido de la cárcel. Al parecer, ninguna de las “víctimas” del incidente del gimnasio se tomó la molestia de poner la denuncia. De por sí, seguramente sería una contravención castigada con multa o con trabajo comunal. Además, el pobre no tuvo la culpa por aquel particular suceso en ese lugar.

     

    Al día siguiente, caminó hacia a la esquina donde trabajaba vendiendo manzanas, no sin antes pasar a recoger la mercadería. Casi nunca tomaba buses, porque le gustaba caminar mucho observando atentamente las cotidianeidades de su alrededor. Cotidianeidades que a cualquier otro le pasarían desapercibidas debido a su enfrascamiento en el cajón de la rutina. Franco caminó por la calzada de la autopista hasta que llegó al cruce donde siempre se estacionaba a vender sus frutas. El cruce tenía vías hacia todos los lados y varios vendedores también comerciaban mercancías allí mismo. Lo que vendían era todo tipo de baratijas, como accesorios de celulares, calcomanías, sombras para el parabrisas del carro, también verduras y frutas.

     

    La mañana era caliente, así que Franco se arrolló las mangas porque ya empezaba a sentir el sudor correr  por sus axilas. También empezó a armarse de entusiasmo con sólo pensar la posibilidad de que se diese alguna situación peculiar que pudiera surgir en aquel recorrido; algo que le permitiera aprender algo, una nueva ironía de la vida, una eventualidad de la que el mismo Dios se reiría, una muestra más de la contradictoria naturaleza del ser humano.

     

    Como él era vendedor de manzanas, ya estaba acostumbrado a aquel asunto de las ventas ambulantes. Los otros colegas que estaban vendiendo chucherías en el cruce eran viejos conocidos que se enfocaban en hacer su labor sin importunar mucho a sus “compañeros de trabajo”.  A la hora del café, Franco decidió sentarse cerca de una esquina de donde podía apreciar todo el panorama. Los carros venían de todas direcciones. La vía tenía forma de cruz, en cada esquina habían varios semáforos y en el centro de la cruz había una enorme isla de canalización donde los vendedores se paraban a descansar mientras alguno de los semáforos estaba en verde. Allí enjugaban el sudor que salía de su rostro, ya tostado por el sol.

     

    Ese mismo día, un mendigo interrumpió la rutina de los vendedores ambulantes, peatones y conductores, al darse la libertad de empezar a pedir limosna en aquel mismo sitio, que ya era declarado propiedad de los 5 vendedores ambulantes –incluyendo a Franco- y que lo defendían a capa y espada de cualquier invasor. Ya más de una vez habían echado a ciertos intrusos que querían venir a robarles su market share aunque fuera con productos diferentes. En el mundo de las ventas callejeras cualquier segundo, cualquier espacio, cualquier ventana de carro abierta representa una oportunidad de oro para poder ganarse los pesos del día. El tal mendigo, tenía un sobretodo gris muy viejo, igual que quien lo llevaba puesto. Con una barba grisácea y desgreñada, piel morena y resquebrajada, gruesas cejas y mucha suciedad. Su cara estaba tan desaseada que era difícil distinguir las expresiones de su rostro. Aún así, se podía notar que siempre tenía una sonrisa como medio grotesca dibujada en la cara. Dejaba enseñar sus torcidos y negros dientes de vez en cuando, era una sonrisa irónica que decía a todos los que le rodeaban que no le importaba el desprecio con que se le miraba.

     

    La llegada de este mendigo causó conmoción entre el club de vendedores ambulantes, era claro que se trataba de una competencia adicional. Después de 5 minutos de actividad nerviosa, malas caras, empujones tímidos y miradas esquivas, Josué -el que vendía accesorios de celulares-, trató de golpear al invasor para lograr que se largara del cruce. Doña Matilda, una señora gorda y grandota que era muy enojada, y también respetada por el resto de vendedores, le impidió a Josué seguir con sus matonadas. “!No! Déjelo” le dijo con vos amenazante. Josué intentó hacer caso omiso del regaño de la mujer y se dispuso en posición para continuar con sus intenciones violentas. Matilda caminó rápidamente para interponerse entre ambos, puso cada una de sus palmas de la mano en el pecho de los dos contrincantes, y con una mirada intimidante que decía más que mil palabras, le dijo a Josué con mucha seguridad que no se lo iba a decir de nuevo, que el mendigo no estaba vendiendo nada y que había campo para él. Josué hizo cara como de niño regañado, agachó la cabeza y prosiguió agitadamente el recorrido por la línea divisora de la pista, mostrando de mal humor su mercadería a los conductores. Por su parte, Matilda suspiró aceleradamente, miró al mendigo un aire de complicidad pero también como advirtiéndole quien era la que mandaba allí. La compasión que ella le tuvo a este pobre limosnero hizo que resto de los vendedores siguieran su directriz sin chistar. Yehudy, el comerciante de chayotes volvió a ver a Franco sonriendo. Aquel incidente entre Josué y Matilda ya se había repetido en pasadas ocasiones, sólo que la causa del altercado era diferente, pero siempre terminaba en lo mismo. Josué replegándose cabizbajo.

     

    Lo grandote y gordo de Matilda no era lo único que le generaba el respeto de los demás, sino que era hermana de un conocido traficante de drogas muy peligroso. De estos tipos que están dispuestos a echarse a cualquier bombeta que le hiciera el más mínimo desaire a su pariente. Por fortuna, Matilda nunca abusa de su poder, sino que más bien se había convertido en una figura paternal para la pequeña comunidad de comerciantes callejeros, y buscaba siempre la oportunidad de ayudar y proteger. Días después, Franco supo que el mendigo en su vida pasada, antes de caer en desgracia, era un reconocido profesor de sociología de la Universidad más prestigiosa de la capital. Lamentablemente, había sido presa de las drogas a tal punto, que terminó en la calle con el cerebro cocinado por los psicotrópicos. Felipe fue un profesor muy querido de una sobrina de Matilde, y también vivía en el mismo distrito que ella, por lo que se conocía bien su historia y como había degradado de profesor erudito a indigente drogadicto.  Horrible historia. También se supo que empezó con las drogas luego de caer en una depresión causada por un despido masivo en su Universidad, donde él fue una de las personas cesadas. Para aquella entonces, sucedió que la carrera de sociología prácticamente se había cerrado, debido a que era un foco de activistas en contra de un tratado de libre comercio que la clase política dominante quería suscribir con su mayor socio comercial. Un par de años después de que el tratado se firmó, el gobierno encontró la excusa perfecta para reducir el presupuesto nacional de educación, en una tentativa para evitar que las universidades extranjeras que se estaban erradicando en el país, demandaran al estado por exceso de subsidios en el sistema educativo público. Ante la presión de los organismos de comercio internacional, ninguna marcha ni protesta fueron suficientes para evitar que el presupuesto universitario se recortara casi en un 50% y con ello la despedida de Felipe, junto con el cierre de la mayoría de las carreras de ciencias sociales (de hecho sólo quedaron psicología y psicología industrial).

     

    ¿Qué mejor llenador de vacíos que las mismas drogas? Nos hacen alucinar sobre las verdaderas causas de nuestra tristeza. Carcomen las neuronas que traen aquellos recuerdos fétidos a nuestra memoria y los reemplazan por efímeras sensaciones de súper héroe. Sensaciones que luego se vuelven indispensables para perpetuar nuestra felicidad. Nos dan un puñado de retazos de momentos, pegados entre sí por estupefacientes que matan nuestra humanidad. Así fue como Felipe acabó en este estado. 

     

    Volviendo al presente. Lo que le resulto más interesante a Franco fue el espectáculo que se armaba entre el mendigo y los conductores de autos. Después de obtener el “visto bueno” de Matilda, ya el ex sociólogo se había acondicionado a su puesto en aquel cruce, y no era para menos, pues la posición estratégica del lugar, que hacía que convergieran varias carreteras importantes, lo hacían un sitio muy rentable para mendigos y vendedores. De esta forma, a pesar de la mirada recelosa de ciertos miembros del “Clan del Cruce” como se hacían llamar así mismos en las borracheras del grupo, reinaba una aparente calma. Inclusive, hasta el ambiente era más divertido, pues muchos de los vendedores se mofaban de las gracejadas y desbarajustes de Felipe. Como una vez que se resbaló al borde de una de las aceras del cruce y cayó de cabeza en un agujero de alcantarilla, quedando sólo sus botines maltrechos por fuera. Ni se diga de una ocasión en que intentó entrar a un bus que estaba haciendo el alto en el cruce, pero no se dio cuenta de que la puerta estaba cerrada, pegó la cabeza en el vidrio y se fue para atrás. Recientemente, se había vomitado adentro de una de sus botas que antes se había quitado para descansar. Para ésta ocasión Matilda ya le había advertido que tenía que calmarse, porque sino iba a “espantar a los clientes” y si seguía comportándose de esa forma lo iba a desterrar del cruce. De vez en cuando también pegaba alaridos cuyo contenido eran discursos de protesta obsoletos. Argumentos contra aquel triste tratado, o críticas en prejuicio de ex presidentes que ya hasta andaban en silla de ruedas.

     

    Un día, funcionarios del gobierno estaban haciendo una reparación en el alcantarillado que subyacía al cruce. El tránsito era lento. Franco, con sus dos bolsas de manzanas que colgaban una en cada mano, recorría la hilera de carros metidos en la presa. A pesar de que casi nunca decía una palabra a sus clientes, las ventas siempre eran buenas. Se detuvo frente a un BMW Sedan que conducía un tipo como de 34 años, joven y de buen aspecto. A su lado una dama de su misma edad, talvez un poco mayor. Venían platicando algo, así que ignoraron a Franco, que se había quedado de pie al lado de ese carro por unos segundos, pues ese era su método usual de vender. Cero palabras, esperar unos segundos, dependiendo de cómo gesticule su potencial cliente, regalaba una sonrisa. En esta ocasión, el vendedor de manzanas sonrió para sí mismo, -no para el joven- y cuando caminó unos pasos hacia el siguiente vehículo de la fila, escuchó la singular voz de Felipe detrás suyo "Regáleme una monedita" Como que la mudez de Franco no había sido su mejor arma para captar la atención de los jóvenes, pero Felipe, como era de costumbre, fue menos tímido y detuvo la plática que se traían aquellos dos. Sin expeler una palabra ni mirar tan siquiera a Felipe, el conductor del BM le dio algunas monedas rápidamente. El indigente agradeció con su sonrisa usual y una especie de reverencia. Ya se disponía a marcharse cuando algo sucedió.

     

    “¿Porqué le das plata a ese vago?”

     

    Ella habló duro, Franco se distrajo por aquel débil grito y decidió acercarse a la escena -ya sabemos lo curioso que es-.  La sonrisa de Felipe era más grandota todavía. El conductor trató de contestar pero ella siguió gritando preguntas y regaños, “¡Qué putas es lo que te pasa!, no vez que estás propiciando que más lacras de la sociedad, como esta, sigan recreándose y multiplicándose. Lo que estás haciendo es fomentando la mediocridad. Este tipo  lo que necesita es ir a buscarse un trabajo”.

     

    Franco continuó acercándose determinadamente más y más, como no es de su costumbre. Se puso a la par de Felipe y dirigiéndose a los dos pasajeros del auto alemán, con solemnee seguridad lanzó una pregunta:

     

    -       “¿Qué le hace pensar que no está trabajando?“

     

    La pregunta de Franco silenció los gritos de la dama.

     

    Nadie contestó, hubo 5 segundos de silencio y la vieja esa lo único que hizo fue dictar una orden con punto y final.

     

    -       “!VAMONOS DE AQUÍ!”

     

    Lo dijo tan duro que otras personas que estaban en los autos cercanos a la presa voltearon su cabeza o se fijaron en el retrovisor, presintiendo que algo fuera de lo común transcurría.

     

    Con más ecuanimidad volvió a dictar la orden:

     

    “Michael, vámonos de aquí, estos tipos me están poniendo nerviosa, voy tarde y nos pueden asaltar.”

     

    El tal Michael estaba como indeciso, volvió a ver al par de anormales que los habían sacado de la rutina. Finalmente se decidió. En el carril de al lado no había tanto congestionamiento porque se dirigía a una ruta menos transitada. Había suficiente espacio entre su carro y el que estaba adelante para salir de esa fila. En un movimiento apurado giró el volante totalmente hacia la derecha y aceleró para irse como si estuviera arrancando en una carrera de fórmula uno. Claro, el movimiento fue tan rápido y como el pobre estaba intimidado por las órdenes de la mujer comandante que tenía a  la par, no se fijó que venía una moto a toda velocidad por el carril de al lado. Como el carro de Michael ya se había salido un poco de su vía, el motorizado chocó contra la puerta lateral delantera del BMW, salió volando por encima del techo del carro europeo dándole dos vueltas encima, y cayó derribando al mendigo y a Franco contra la calle. La moto quedó tumbada del otro lado con la llanta delantera hecha añicos.

     

    Sólo se escuchaban pitos, y gritos de la gente. Los hombres que atestiguaron la escena sólo decían improperios y las mujeres convocaban a Dios, a la virgen o algún tipo de divinidad.

     

    La vieja que iba al lado de Michael lucía una cara como si hubiera visto al monstruo más horripilante. Salió del BMW en un abrir y cerrar de ojos, corrió hacia el motociclista accidentado, y al ver que la caída había sido amortiguada por Franco y el mendigo y que por lo tanto no habían heridos de gravedad, empezó a balbucear reclamos hacia el limosnero quien todavía yacía en el piso con el piloto de la moto encima de él.

     

    “¡Hijueputa, imbécil todo eso es por su culpa si al menos tuvieran la decencia de trabajar en algo y no nos llegaran a joder la  puta vida, esto no hubiera pasado, me cago en la puta que lo parió, porqué demonios no va a pedir limosna al infierno!”

     

    Los gritos de la doña se escucharon en toda la avenida. Un círculo de transeúntes y conductores que habían salido en auxilio de los “heridos” se armó alrededor de la escena. Después del griterío de la mujer todo mundo se quedó cayado. El morbo llamó al silencio para que la obra de teatro callejera fuera escuchada atentamente. Michael ya había salido del carro, estaba totalmente acongojado haciendo ademanes para que su colérica compañera se callara. El mendigo dejó de sonreír. La costumbre para Franco era siempre verlo feliz con los dientes negros afuera, así que pensó que si él no estaba sonriendo era por algo serio. Felipe ya estaba acostumbrado a que lo mandaran a trabajar y a que lo trataran con desprecio. Su sonrisa permanente, cargada de podredumbre era un reflejo de eso. Pero la verdad es que nunca lo habían tratado tan mal, menos una mujer, menos en un embotellamiento con tanto mundo en frente, y después de salvar con su cuerpo a un motociclista de una aparatosa caída.

     

    Los pies del conductor de la moto estaban encima del limosnero. Felipe se los quitó de encima lentamente, al tiempo que no dejaba de mirar fijamente a la vieja esa. El conductor de la moto se medio incorporó con la ayuda de Franco, aunque ambos quedaron sentados en el suelo, mientras que el mendigo logró ponerse de pié en su totalidad. Se sacudió contra el pantalón unas piedrillas que le habían quedado en la palma de la mano izquierda. Notó que todavía tenía agarrado con la otra mano el vaso de coca-cola desechable con las monedas del día. Sólo se habían caído unas pocas. Aún así, lo tiró al suelo. Todas las monedas se derramaron por la calle. Una de ellas rodó hasta los tacones de la malcriada esa. Temerosas voces se escuchaban alrededor, la gente cuchicheaba entre sí, uno que otro insulto se colaba entre la multitud. Algunos se le acercaron al accidentado para ver cómo estaba. Otros hablaban por teléfono, el calor empezó a intensificarse, la atmósfera se sentía pesada, y entonces el mendigo empezó su defensa:

     

    “!Claro que trabajo vieja de mierda! ¡Todos los días vengo a este lugar de la puta madre a vender lástima y a buscar compradores de misericordia durante todo el santo día! Yo recojo los sobros del consumismo, mi trabajo es juntar una migaja de lo que le sobre a los que sobrevivieron al colador del “desarrollo capitalista”. Escúcheme bien, yo tengo un supermercado donde los estantes están repletos de culpa empacada, dientes negros, piel quemada por el sol, barba desgreñada y hedor a sudor de meses de no bañarme. Esos son los productos que ofrezco y son productos que silencian por un ratillo más el remordimiento que carcome su mente. Este indigente andrajoso que ve aquí, ayuda a las personas a que no se den cuenta de que lo que buscan, al cicatrizar su pesadumbre dando una puta limosna, es librarse de su propia infelicidad. Con mi humilde y sencillo trabajo, gente como Ud. señora, tienen la oportunidad de preservarse de tener que arrollarse las mangas para hacer lo que se llama caridad verdadera. Así no tendrá que invertir nada de su dichoso tiempo en ayudar a los necesitados. Basta con extender la mano y soltar unas monedillas en la fea mano de algún pobre indigente, para continuar emborrachando al mismo ego que le ha hecho tratarme como una mierda.”

     

    Además de los ademanes que enérgicamente expresaba, para este punto, Felipe empezó a dirigirse no sólo a la vieja del BMW sino que a todos los que se habían reunido alrededor, que no eran pocas personas. Sus cuerdas vocales, maltrechas por el continuo contacto con el alcohol y las drogas, no opacaban su fuerte voz que se oía claramente a varios metros de distancia, a pesar del insoportable sonido de los pitos de carros que se apuñaban a decenas y decenas en aquel caos vial. El accidente ya no era la atracción que acercaba a los curiosos, sino que el inicio de aquel distintivo discurso abarrotó más y más el perímetro del percance de tránsito. Una breve pausa que se hizo acompañar de un ventolero efímero, le permitió a Felipe tomar aire. Él aún no había terminado de decir todo lo que quería.

     

    “Mi trabajo es hipnotizarlos a todos y hacerles creer que por unos pedazos redondos de metal pueden ignorar a los que nunca tuvieron las oportunidades que Uds. tuvieron o a los infelices que les arrebataron injustamente su propia prosperidad. A cambio de unos cuantos pesos pueden seguir a sus casas y esconder por un día más la patética realidad. Esa realidad que les hace pensar que todo el mundo vive en la misma cerca de seguridad que han construido a su alrededor. ¡Dejen ya de vivir con esa ilusión! ¡La realidad no está fragmentada en pedazos! Antes de entender la unidad total de la que somos parte, prefieren darle larga vida a míseros fragmentos de la existencia. Pequeñas esquinas arrinconadas de la realidad donde se sienten seguritos, todo porque han sido entrenados para estar obsesionados con la idea de seguridad. Seguridad física, económica, entretenimiento, comodidad ¡Qué asco! La idea del mañana les preocupa mucho más que la responsabilidad del presente, y gracias a indigentes como yo, es más sencillo evadir tal responsabilidad que confrontarla. Algunos sueltan unas monedas por miedo, miedo a que les golpee, que dañe su carrito, que les haga recordar lo efímero de su vana existencia y cualquier posesión que los acompañe. Con una vulgar dádiva pretenden cuidar ese miserable espacio de seguridad en el que se han ocultado desde hace rato. Por una vil cuota ya pueden ser vistos por los demás como bondadosos, cuando en realidad están comprando un poco de consuelo para burlar el miedo que tienen: el propio reflejo de tener que caer algún día en desgracia y vaciar la personalidad que han forjado a partir de posesiones materiales en una vida sin significado. El miedo de irse al infierno y no cumplir con la absurda visión de caridad que les han enseñado. Como si soltar un puñado de monedas les evitase caer en el abismo del sufrimiento interminable. ¿Saben qué? Miles mueren a diario por hambre, vivimos en un pequeño caos y para reconfortarnos temporalmente tratamos de remediar la situación con pequeñas curas amontonadas. Dar una limosna por aquí, un regalo por allá, una moneditas de repente. Mi aporte en este valle de lágrimas es recolectar estos pequeños parches. Inservibles curas en una sociedad que no entiende el origen de su enfermedad. Hemos caído en este ciclo interminable en el que Uds. y yo estamos atrapados. Me dan una moneda, yo me compro un bollo de pan o una pacha de aguardiente. Yo les doy la falsa ilusión de continuar con su vida normal, a cambio de eso recibo mi plata. Yo soy quien les ayuda día a día a librarse a Uds. mismos de cualquier responsabilidad por la condición en la que está el mundo, y todo eso a un módico precio. Aunque no me den limosna, mi sola presencia es un recordatorio de la ilusoria imagen de éxito que cada uno ha abrazado. ¿Qué rico compararse conmigo verdad? Aunque me ignoren y sigan su rumbo cuando la luz se ponga en verde, una patética voz egoísta les dirá que han contribuido a que los vagos no se sacien con lo que otros ganan dignamente. Luego van a sus casas y miran la televisión y son testigos de la pobreza y la injusticia social, seguro se preguntan, ¿porqué nadie hace nada? ¿porqué los gobernantes son tan mediocres? pero nunca se preguntan cuál verdaderamente es la raíz de la pobreza. ¿Será que la raíz de la pobreza está en manos de unas pocas mentes maestras? ¿O es que realmente su raíz está en los sistemas que todos hemos creado y en los que hemos estado viviendo por siglos? Todos los días nos revolcamos en estos sistemas económicos, políticos, administrativos e industriales. De esta forma, compañeros y compañeras,  dar limosna se convierte en la manera ideal de evadir tanto la pregunta de cuál es el origen de la puta pobreza como su impopular respuesta. Nos guste o no nos guste, cada uno de nosotros somos responsables activos de lo que está pasando en este condenado país.”

     

    Como en sus mejores tiempos de activista anti-TLC y carismático profesor de sociología, para cuando Felipe dijo estas palabras ya estaba prácticamente gritando a todo galillo airadamente. Con la manga del viejo saco se limpió la saliva que corría por su barbilla a consecuencia de la gritadera. Cerró su disertación:

     

    “Nos vamos a dar cuenta de que tenemos la culpa de  esta cuestión, y de cómo cooperamos con los sistemas participando entonces de la pobreza, la violencia y la injusticia. No podemos actuar si no hay una voluntad de ver frente a frente la cruda y triste realidad. Si le dejamos todo a lo negativo y les echamos la culpa a cosas que están afuera de nosotros, nos volveremos unos cínicos que desprecian a otros y al sistema. Que me desprecian a mí. Soltar esta energía negativa no ayuda en nada. Despreciarme, darme limosna, los dos ¿cuál es la diferencia? Lo que tienen en común es que ambos son curas temporales a un mal que vive en cada uno de nosotros”

     

    La perplejidad de todo el mundo quedó puesta aún más en evidencia cuando el discurso acabó, y unos segundos donde el típico sonido de los automotores, los pitos y las sirenas era  lo único que se oía. De hecho, los presentes habían estado escuchando atentamente y sin chistar. El conductor de la moto accidentada, sentado en el suelo empezó a aplaudir lentamente, dejando un breve espacio entre una percusión y otra, como quien quiere recalcar su asombro. Sus palmadas se oían opacas porque tenía sus guantes de cuero puestos. El vendedor de celulares, Josué,  secundó el aplauso y seguidamente se volvió al unísono de todos los curiosos que estaban por ahí –excepto unas contadas excepciones, claro está.-

     

    El mendigo escupió al suelo, seguía sin mostrar su sonrisa. Su seriedad inmutable era la evidencia del orgullo que sentía por ese pequeño espacio de lucidez que acababa de mostrar y que fue retribuido por la multitud con un aplauso.

     

    “¿Y saben qué? Esta vieja me ha hecho reconsiderar mi profesión, ya me cansé de vender lástima, de calmar consciencias. Me voy a trabajar en otra cosa. Esto no deja ni para una cerveza al día.”

     

    Una seguidilla de risillas tímidas siguió a su comentario. Aprovechando esa ráfaga de seguridad en sí mismo, Felipe se volvió a Franco, que ya se había puesto de pie y le balbuceó:

     

    “¿Me pagas comisión por vender tus manzanas?“

     

    Franco sonrió, tomó una de las dos bolsas que no se había roto por la caída y se la entregó de inmediato. El mendigo se fue a sentar en el borde de una acera para descansar de aquella ajetreada tarde.

    La vieja aquella avergonzada se escondió en el BMW. Su novio se acercó al motociclista para ayudarlo y preguntarle cómo estaba.

     

    En medio de la confusión Yehudy se acercó a Franco con cara de preocupación, seguramente le concernía saber si aquel incidente le habría causado a alguno de los dos alguna herida, psicológica o física. Franco calmó a su colega con una mirada de tranquilidad. Yehudy respondió con un suspiro de alivio y confort. Miró a su amigo con los ojos medio cerrados por el reflejo del sol y le dijo que vaya día habían tenido, que por el protagonismo de Felipe en este incidente esa fecha tenía que ser recordada como  el día del mendigo. Ambos sonrieron. Desde ese entonces, ya todo el Clan del cruce de allí en adelante se refirió a aquel incidente como “el Día del Mendigo.” Era como una leyenda urbana, que inclusive los conductores más habituales de ese punto de la calle la sabían. También se supo que los oficiales de tránsito la popularizaron en su gremio y hasta se presume que en un diario amarillista salió publicado algo.

     

    El estruendo de las turbinas de un avión comercial que sobrevolaba la zona distrajo a la concurrida audiencia, que pronto empezó a dispersarse al ver que todo volvía a la normalidad. Aquella máquina voladora marcó el epílogo del incidente. Cuando el sonido del avión se desvaneció entre las nubes, tanto Yehudy como Franco quitaron su vista del cielo, y sus miradas se volvieron a encontrar. El segundo volvió a sonreír armoniosamente, puso su mano derecha sobre el hombro de aquél y le dijo:

     

    “El hombre sabe volar como un pájaro, sabe nadar en el agua como un pez, pero como vivir entre otros seres humanos… No lo sabe aún”

     

    Entretanto, a lo lejos, las sirenas de los tráficos se escuchaban. El sol se metía por la ladera.

     

    La tarde había llegado a su fin. Ya nadie vendía lástima en aquella intersección.

     

     

     

    E

    l tiempo pasó y un día Felipe ya no regresó a vender manzanas. Después de varios días de ausencia, todo mundo preguntaba por él, incluyendo un grupo de niños que se le había empezado a acercar algunas tardes para escuchar sus disertaciones sociológicas pues los chispazos de lucidez habían empezado a florecer desde el “día del mendigo”. Por ahí Franco escuchó que Felipe se había ido a una clínica de rehabilitación, también se decía que un hermano lo había recogido para ayudarle, otros comentaban que un carro lo había atropellado y como nadie había reclamado su cuerpo, lo habían donado a la Universidad de Management Oppenheimmer, de esas que se instalaron después del TLC.

     

    En fin, Franco prefirió pensar que un viejo simpaticón que en el mes de abril pasó por el cruce en un Chevrolet viejo y que se parecía mucho a Felipe, era el resultado de varios meses de rehabilitación positiva por parte de su viejo amigo. La sonrisa y la mirada de cómplice que aquel conductor cruzó con Franco, le hicieron pensar que eran auto delatadoras. Tal vez eso ya no importaba tanto. No importaba tampoco que el tipo del BM haya vuelto una semana después del Día del Mendigo con un chinamo de madera para que Franco y Felipe se ayudaran con la venta de manzanas, no importaba que la vieja del BM no se haya vuelto a aparecer, aunque ella sintiese una culpa aterradora cada vez que veía un mendigo en la calle. Lo que Franco pensó que realmente importaba es que talvez, algunos de los que escucharon atentamente el discurso de Felipe, desde aquel día empezaron a verse a sí mismos en cada limosnero que se encontraban por allí. Para estas personas que lograron ver una enseñanza en ese día, el peor enemigo de la compasión, la lástima, empezó a ser derrotado. Los que aprendieron la lección del día del mendigo, acabaron de entender que en esta telaraña social en que vivimos, cada hilo que tejemos está conectado a otro más grande, y el amor es lo único que puede fortalecer esta red de vínculos, y evitar que caigamos todos al abismo.

     

     

    “…y ser un activista social sin un entendimiento científico de los mecanismos internos de la mente, es terriblemente irracional.”  - Vimala Thakar, “Awakening to Total Revolution”

     

    Luis Alejandro Fernández

    Agosto de 2007



    [1] Algunos fragmentos de este cuento se basaron en ensayos de Vimala Thakar y en escritos de Bertrand Russell

     

    August 12

    La Caída del Bardo (Primera Parte)

     

     

    La caída del Bardo (Primera Parte)

         Acceda la segunda parte aquí

     

    D

    espués de que San Pedro le dejó entrar, Santos cruzó la puerta principal del cielo. Se trataba de un enorme arco dorado con prominentes estatuas de ángeles en cada extremo. Respiraba también una atmósfera de paz y júbilo, cierto aroma tenue a rosas inundaba este ambiente de confort. Una música celestial se escuchaba a lo lejos.

    Mientras seguía las direcciones que le había dado aquel discípulo, notó que ciudadanos de la ciudad celestial se veían de vez en cuando caminando por las calles doradas. La vestimenta de aquellos ciudadanos consistía de batas blancas con un cintillo dorado que ajustaba la cintura. El camino se veía muy largo. Con sólo ver horizonte, se podía concluir que el próximo destino estaba lejos. Un rótulo al lado de la carretera dorada decía “49 días para conocer al Altísimo”. En su camino hacia su encuentro con el Dios de todas las cosas, Santos también topó con palomas que sobrevolaban el paisaje con suprema elegancia.  Ejércitos de querubines marchaban por los cielos armados con brillantes arcos, cuyas flechas parecían estar forjadas de diamantes. Más allá, una playa de blancas arenas recibía un leve oleaje. La espuma que quedaba luego de que el mar y la costa se unieran, dejaba a su paso conchas aterciopeladas que reflejaban la luz de un sol resplandeciente. Santos miró esta magnífica lumbrera sin parpadear por varios segundos. Su brillantez era solemne, pero su vista no parecía sufrir daños por aquella contemplación hipnotizante del astro supremo.

    Este paisaje majestuoso no le quitaba a Santos de la cabeza dos extraños incidentes que ocurrieron cuando apenas llegó al pórtico principal del cielo. Cualquier cosa podría resultar extraña en un recorrido como este, pero intuitivamente notó que algo no encajaba. Resulta que San Pedro, que fue el primer santo que salió a su encuentro, tenía en su rostro algo muy familiar. “Se me parece a alguien”, pensó Santos. Sobre todo la mirada del otrora discípulo de Jesús y ahora guardián de la entrada de los cielos tenía algo muy conocido y a la vez intimidante. La otra cosa extraña que sucedió fue que en el arco superior de la compuerta, estaba escrita la palabra “Chikhai” pero había un ángel subido en una escalera quitando la última letra “i” del rótulo dorado, y como que se disponía a quitar todas las letras porque mientras Santos se alejaba escuchaba detrás suyo el sonido del resto de los caracteres de oro chocar los unos contra los otros como si estuvieran cayendo en algún lugar. Posiblemente, en la misma canasta que tenía el ángel a un lado de la escalera. Estos incidentes pasaron por la mente de Santos como una ráfaga, pues el cielo ofrecía demasiadas distracciones como para quedarse detenido en una de ellas, y sobre todo en aquellas que resultaban un poco anormales. De todos modos, estaba muy emocionado con la idea de encontrar a Dios en este pasaje de la muerte a la vida eterna, así que siguió la caminata hacia el trono celestial, mientras disfrutaba la suave y espumosa textura de las nubes chocar contra la planta de sus pies descalzos, porque evidentemente, las nubes estaban no sólo arriba, sino que también hacían las de superficie terrestre.

    El tiempo pasaba volando en aquel trayecto, era como una especie de sueño atemporal donde los días eran horas y las horas pasaban como minutos. Las notas musicales que antes venían de un lugar lejano ahora se escuchaban mejor conforme avanzaba. “Definitivamente son arpas”. Después de atravesar un pequeño bosque con grandes árboles que en lugar de hojas verdes, tenían láminas plateadas bañadas en escarcha.

    Una orquesta de ángeles desnudos terminó de rematar la perplejidad que Santos se tenía por aquella experiencia tan gloriosa. Talvez, lo que le resultaba tan reconfortante era saber que pasaría el resto de su vida, por los siglos de los siglos, tal cual lo enseñaba la biblia, en un paraíso celestial que era como él se lo había imaginado en sus sueños. Ni siquiera recordaba los amargos momentos de su larga agonía, pues todo aquel sufrimiento había llegado a su fin. Un pastor de ovejas sonreía junto a una hermosa cascada blanca. Estaba de pie, vestido humildemente, pero tenía un gran báculo de oro en su mano izquierda. Un sombrero estilo chino ensombrecía su rostro dejando sólo su sonrisa iluminada. A unos metros de él, otro rótulo de oro estaba clavado en el pasto. Decía:

    Delicados pastos

    10 días para llegar a la morada de jehová

    Todas las ovejas estaban acostadas sobre su costado, aparentemente durmiendo, aunque no parecía que sus pulmones se inflaran y desinflaran como producto de la respiración. Como Santos no estaba seguro de que el número diez fuese el correcto, pues   quizás su vista le hacía una mala jugada, se acercó más. Efectivamente se trataba de un 10. Al sentirse más cerca del misterioso pero sonriente pastor, que estaba a unos pasos del rótulo, decidió acabar con el largo silencio que había reinado en aquella ruta y le comentó con un poco de timidez que estaba absorto por toda la belleza de aquel lugar. El pastor giró su cabeza hacia Santos, y con mucha calma le agregó medio centímetro a su sonrisa como haciendo acuse de recibo del comentario. Con más confianza por aquel amistoso recibimiento, Santos decidió preguntarle que si las ovejas estaban durmiendo, a lo que el pastor respondió con una vos muy tranquila y suave que sí, que su rebaño siempre dormía, que las ovejas nunca despiertan cuando están en Delicados Pastos porque todo lo que necesitan saber es que su pastor está cerca de ellas. Desconcertado, Santos se propuso preguntarle que cuánto tiempo llevaban durmiendo, pero antes de proferir palabra alguna, se distrajo de inmediato con un carruaje -dorado obviamente- que era movilizado por dos corceles blanquísimos que tenían un cuerno de unicornio que también era de oro. El chofer del carruaje se parecía mucho al pastor. Al divisar esto, Santos volvió su mirada hacia aquel hombre que cuidaba las ovejas, como haciendo una interrogante corporal. Éste lo que hizo fue un ademán como invitándole a abordar aquel medio de transporte. Así quedó a medias aquel breve intercambio. Atrás quedaron las ovejas dormilonas. Lo importante era que el camino ahora se iba a ser más corto gracias a que un carruaje llegó a recogerlo. “¿Será el mismo que usó Elías?” se preguntó a sí mismo. No importaba ya, pues gozaba del viaje probando unas uvas que estaban en una bandeja de plata en el interior del coche y que por cierto, eran su fruta preferida.

    Luego de varios minutos de un pacífico viaje, ocurrió la siguiente novedad. La orquesta de querubines ahora se apreciaba a unos cuantos metros de la ventana de pasajero. En unos pilares que parecían de arquitectura griega, pudo notar como un ángel que resplandecía por su blancura, tocaba el arpa totalmente desnudo. El carruaje se detuvo en ese instante. La puerta del mismo se abrió como por arte de magia. Era obvio, esta era la última parada. Dubitante, pero emocionado, Santos se bajó del choche y sin pensarlo mucho, le pareció justo acercarse a aquel Ángel que tocaba apasionadamente su instrumento. Las notas de su melodía rimaban con la forma armoniosa en que agitaba sus dos alas. Una sonrisa de júbilo y sorpresa fue la expresión de Santos. Notó algo curioso.  En una de las nalgas del ángel, había un lunar que estaba en un sitio similar al del lunar que él mismo tenía en su glúteo izquierdo. Santos borró la sonrisa, arrugó las cejas en señal de extrañeza, su vista se enfocó en aquel tatuaje biológico del ángel.  Éste, para nada se inmutó ni dejo de tocar su melodía a pesar del perplejo oyente que tenía enfrente suyo. Por su parte, Santos se aprestaba a darle una vuelta al pilar en el que el ángel estaba trepado tocando, pero rápidamente otro avistamiento particular lo distrajo. A unos veinticinco metros de distancia, descubrió unos pies gigantescos, arrugados y de color azulado. Reposaban inamovibles detrás de una cortina que tenía las mismas proporciones que los pies.

    Caminó rápidamente hacia la cortina, definitivamente aquellos pies gigantes tenían que ser los de Dios. Mientras ansiosamente llegaba a este sublime destino, las notas que dejaban salir las arpas en aquella sinfonía celestial se le incrustaron en su tímpano. Como cuando a uno le gusta mucho una canción y continúa tarareándola en la cabeza con la misma claridad que si la estuviera escuchando de un equipo de sonido. La intensidad del momento había despertado sus sentidos a tal punto, que todo transcurría en cámara lenta. Su diálogo interno iba analizando todo lo que veía y escuchaba. Era tan emocionante que la vida después de la muerte terminase siendo una experiencia tan gozosa. En un santiamén olvidó todos sus llantos, alegrías, amores y desamores de su vida terrenal. Todo quedaba atrás. “No fui tan bueno en vida para merecer esto, de verdad que Dios es grande” se dijo Santos mientras aceleraba su paso ansiosamente. Las notas musicales empezaron a tener sentido conforme las iba agrupando en su cabeza. Los instrumentos que usaba la divina orquesta eran tan melodiosos y el tempo de la música era tan lento, que apenas se notaba que aquella pieza tenía notas muy similares a su canción preferida en la tierra: “Bring me To Life” del grupo Evanescence. Traducido significa algo así como “Devuélveme a la vida”. Esta extraña coincidencia, la abrumadora similitud entre las notas musicales hizo que Santos se preguntara: “¿Será porque me están dando la bienvenida con mi pieza favorita? Sería curioso, porque esa canción es demasiado mundana para que se toque en el cielo. Debe de ser que el camiseta negra que la compuso tuvo un roce con lo celestial después de aspirar dos gramos de cocaína, y entonces armó una melodía que se toca en el mismísimo cielo. ¡Sí! ¡Eso es!”

    Contento por su nueva explicación a aquel peculiar fenómeno, continuó la travesía hacia los pies gigantes. Advirtió que un par de ángeles que volaban a baja altura abrieron cada uno las dos partes de la gran cortina blanca que tapaba el resto del cuerpo del gigante. Cada uno tiró para su lado, parecía como si supieran que Santos venía ya a su encuentro. Conforme se iba abriendo la cortinota, una brisa cálida empezó a soplar desde todas direcciones, un perfume celestial inundó el escenario, la música adquirió una especie de surrounding estéreo, los ángeles terminaron de descubrir el trono de Dios.

     

    A

    hí estaba. De más de 50 metros de altura –y eso que estaba sentado- el mismísimo Padre Eterno.  Reflexivo, con los ojos cerrados, parsimonioso y seguro de que aquella interrupción se debía a que uno de sus hijos había terminado su ascenso a su morada de aguas de reposo. El gran creador abrió sus ojos, miró hacia abajo, sentado en su trono con sus dos grandes manos reposadas en los brazos de su asiento real, esgrimió una sonrisa sabia, como quien ya sabe lo que se avecina.

    Grandes barbas blancas se confundían con su túnica del mismo color, sólo que sus ropas eran un poco más brillantes, porque reflejaba las luces de la ciudad de plata que se asomaba por el horizonte. La música se detuvo. Lentamente, pacientemente, Dios se inclinó un poco hacia Santos y lo contempló fijamente con una mirada de compasión infinita. Mientras todo esto transcurría, el nuevo habitante del reino celestial parecía totalmente hipnotizado con aquel espectáculo “Todo en el cielo es tan hermoso y puro, me siento como en casa, como si mis pensamientos hubieran estado conectados con este sitio desde siempre”. Los ojos de Dios eran penetrantes, resplandecían con el brillo de la blancura que reinaba en la morada santa, eran color azul brillante y las niñas, cual dos estrellas recién nacidas, ofrecían una ventana al cosmos, una sensación de protección infinita. “Ya no tendré temor, porque tú estás conmigo” recordó Santos sus clases de catecismo. Estar a los pies de Padre Eterno era enternecedor, como si siempre lo hubiera visto, como si siempre lo hubiera conocido. “Seguramente como el Todopoderoso estuvo siempre de mi lado, acompañándome en mi corazón, es por eso que todo acá en el cielo es tan habitual. Además, antes de nacer, seguro mi alma partió de este mismo sitio. Ciertamente estoy recordando el lugar de donde provengo. ¡Me siento tan seguro como cualquier bebé en su cuna se sentiría, quien cómodamente, sólo tiene que esperar a ser alimentado y mimado!”

    Esta serie de pensamientos que bailaban en su mente fueron suficientes para que Santos se sintiera más relajado. Aunque el temor del momento no pasó desapercibido para Jehová. Es más, fue tan evidente, que el Padre de los cielos dejó escapar una sonrisa también tierna y llena de amor. Cualquiera reconfortaría su alma al recibir un retozo del mismísimo Dios. Lamentablemente, en ese mismo instante, la experiencia que tuvo Santos luego de ver la sonrisa de Dios no fue de confort.

     

     

    E

    l ritmo cardiaco que él tenía cuando entró al reino de los cielos era rápido, ¡pero casi le causó un paro al corazón cuando pudo apreciar que la sonrisa de Dios era demasiado parecida a la suya propia!. Antes de tener el fatal accidente que lo dejó postrado, alguien tan vanidoso como Santos le daba un vistazo cada mañana a su sonrisa en el espejo, antes de salir al trabajo. La gota que derramó el vaso y que causó que Santos se cayera para atrás del susto, fue cuando notó que la cicatriz que él tenía en la ceja por una caída de la silla de comer cuando era bebé, ¡también estaba en la ceja de Dios!

    Fue como volver a morir. La respiración agitada mientras trataba de reincorporarse de aquella caída no le impidió enlazar la sonrisa suya idéntica a la de Dios,  con el tal San Pedro que conoció hace unos minutos y que era igualito a él, pero con 3000 años más encima. También la enlazó con el maldito lunar en el mismo lugar de su culo de aquel ángel afeminado que tocaba el arpa. También con su canción favorita de rock pesado interpretada con instrumentos inmaculados, y por si fuera poco, algo más se le vino a la mente en ese preciso momento. No podía ser, pero sí, era cierto, la conexión mental fue inmediata, como si el susto le hubiera ayudado a catalizar los recuerdos y deshacer todas aquellas estúpidas explicaciones que se venía dando. El perfume delicioso que llenó el recinto del altísimo era el mismo que usaba su primera novia, Angela, y que quedó impregnado para siempre en sus células olfativas cual fuese uno de los pictogramas que se tatúan en nuestro inconsciente durante la infancia.

    Nada de esto se comparaba con el hecho de que aquel viejo gigante tenía la misma cicatriz de la infancia de Santos. Al principio no la había notado porque estaba cubierta por las largas cabelleras blancuzcas que se habían esparcido por todo el rostro de Dios debido a la brisa seráfica que corría por aquellos rumbos. También las canas de la ceja y el reflejo de la luz hacían que aquella marca fuera difícil de distinguir. No obstante, al observar bien, pudo notar que se trataba de la misma cicatriz. ¡Dios tenía la misma cicatriz de Santos! El pavor que sentía aquel pobre pecador en aquella vivencia que se empezaba a tornar en pesadilla, se iba intensificando conforme iba descubriendo en medio de aquellos segundos eternos y mientras miraba lleno de miedo con sus cejas quebradas en mil pedazos la faz de aquel ser Supremo, que más y más facciones y detalles eran los mismos que él tenía en su propia cara. Las tres arrugas de la frente, una pequeña verruga en el lado  izquierdo de la nariz, un lunar debajo de la manzana de la garganta, el ojo derecho levemente más cerrado que su compañero. Lo único que no coincidía era la voz grave y masculina propia de tal ícono divino. Una lágrima corrió por la mejilla de Santos cuando un arrebato de lucidez le hizo asociar aquella voz estruendosa con la locución de su propio padre. Así era, el mismo timbre de voz, sólo que sonaba como si estuviera amplificado con un sintetizador de voz.

    Apoyado en sus codos, un poco inclinado hacia el frente, los asomos de duda de Santos erupcionaron en una pregunta tartamudeada:

    - ¿Tú eres Dios?