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    July 27

    La caída del bardo (Segunda Parte)

     

      La caída del Bardo (Segunda Parte)

         Acceda la primera parte aquí

     

    L

    os cientos de veces que se burló cínicamente de sus amigos y seres queridos durante su vida en la tierra pasaron por su cabeza cuando el mismo Dios expelió esa misma risa burlesca, pero esta vez en prejuicio suyo.

    -          ¿No era lo que esperabas?

    El rostro de Santos pasó de reflejar duda a reflejar miedo. Esta vez su pregunta se pronunció como afirmación más no como interrogante: - ¡Tú no eres Dios!

    -          Claro que soy Dios

    -          “¿Dónde estoy? ¿qué es lo que está pasando?” Dijo Santos agitadamente mientras se reincorporaba. Progresivamente su voz se hacía más quebrantada, como si estuviese a punto de reventar en llanto.

    -          Estás donde quieres estar

    -          Yo estoy muerto y quiero estar en el paraíso.

    -          Estás en tú paraíso, y quisieras estar muerto.

    -          ¿Dónde está Dios?

    -          Yo soy dios

    -          ¡Tú no eres Dios!

    -          Soy el dios que creaste. Le has puesto tu sabor personal a la figura divina que se han inventado tú y tu patética sociedad. Soy el tal dios que construyó tu cultura, con un poco de mayonesa “A la Santos”

    El mal chiste fue seguido de una pequeña carcajada burlesca. Luego el gigante prosiguió:

    -          La noción de dios que vez representada en mí, fue hecha a la imagen y semejanza del hombre, no al revés. –mientras hablaba, su boca permanecía arqueada en señal de ironía y burla, dios había adquirido una actitud cínica- Tú siempre lo has sabido, de hecho lo que escuchas es un eco de tu propia consciencia, de tus propias iluminaciones sabias, tu mismísima intuición mezclada con un sobro de tu arrogante personalidad. Todos esos descubrimientos de tu alma, sepultados por el orgullo de tu represión en vida, por el infortunio de no querer aprovechar el despertar de consciencia, preferiste volver al nido antes que volar, porque tienes miedo, y el miedo es algo conocido y la felicidad no. Así es, los miedos arquetípicos fueron la inquisición de muchos como tú en este siglo.

    -          No es cierto -dijo Santos con energía, escupitajos salieron de su boca por lo contrariado que estaba.- ¡Yo te adoré, te alabé, recité cánticos, fui a la Iglesia, en medio de aquellas alabanzas te sentía vivo, palpitando de gozo al ver a tus hijos venerarte! Jamás fui perfecto, pero te idolatré en la única forma que se puede servir a un dios único, ¡en la forma en que la vida me enseñó! Traté de imitar a Jesús lo mejor que pude.

    -          ¡Ja! Imitar a Jesús es fácil, ser tu mismo es el reto que fallaste durante tu vida terrenal, para ser como Jesús has de ser tú mismo, sin copiar a nadie. En cuanto a tus jodidas alabanzas, déjame decirte que hay muchas formas de alabar a Dios, pues el altísimo hizo tantos tipos diferentes de personas que sería un desperdicio pensar en una sola forma de rendirle reverencia. La muerte misma puede ser una manera de admirar la vida, un acto de creación por sí mismo. La última muestra de adoración al Altísimo.

    Santos fue agachando su cabeza conforme escuchaba tales palabras. Su diafragma crecía y decrecía, un respiro violento tras otro. Con temor y odio en su mirada, se animó a retar a este espejismo de su consciencia:

    -          Me parece repugnante tu cinismo, ¡das asco!

    Las palabras de Santos ya eran gruñidos. Fueron seguidos de otra carcajada de parte de dios.

    -          ¿Te das asco a ti mismo? ¿A tu mismo cinismo? Más bien eso es lo que me resulta repugnante a mí. Ya estoy cansado de ser tu ego, me he agotado de sostener tu existencia sobre este planeta con falsas historias y dogmas que no resultan ser más que cuentos de hadas propios de una inteligencia infantil. Estoy obstinado de que te escudes en tu obsoleto instinto de la supervivencia para argumentar que los dogmas que sostienen tus falsas esperanzas son la única verdad tangible. Me siento aburrido de que de todas las áreas de desarrollo de la humanidad te hayas quedado atascado en la inteligencia mística y sigas esperando que el padre celestial tenga piedad de ti, sólo porque no quieres darte cuenta de que Dios es algo más que un viejo decrépito en pijamas eco de tu lucha contra la naturaleza y de tus imagos paternales. Ya no quiero más, estoy cansado de esto, ¡el sufrimiento es demasiado! ¡Espero que tu vulgar ego no cruce la barrera de la muerte cuando tu corazón deje de palpitar!

    El puño dios se cerró en señal de cólera. Su disertación también había desembocado en gritos. Se levantó de su trono, añadiendo varios metros a su estatura. Sendas lágrimas competían entre sí por llegar al mismo lunar de la garganta que hace unos minutos Santos había divisado en este personaje. Seguidamente, un fuerte estruendo desbalanceó a todos los ángeles y al mismo Santos cuando el gigante se desplomó sobre sus rodillas tan sólo unos segundos después de haberse puesto en pie.

    Tirado ya en el piso, sus dedos de 4 metros de largo abrazaron las largas cabelleras que caían sobre el suelo de nubes cual extensas lianas. Otra lágrima espantó al piso de nube dejando un charco redondo de medio metro de diámetro.

    La misma lágrima rodó por la mejilla de Santos. Tuvo compasión de dios, tuvo compasión de sí mismo. ¿Entonces qué es Dios? Se preguntó a sí mismo en su mente, pero el eco de sus palabras resonó en todo el recinto cómo si las hubiera gritado con toda la energía que sus galillos pudieran dar. No tuvo tiempo para guardar esperanzas en que encontraría al verdadero Padre Eterno luego de aquel mal sueño acabase.

    Un largo sollozo acabó con los gemidos que el gigante había empezado a emitir hace unos segundos. Levantó su mirada y la clavó en Santos. La misma mirada que había estado viendo por 45 años en el espejo. Grandes ojos cubiertos en la telaraña de vasos capilares rotos por las jornadas de sufrimiento.  Este último descubrimiento ya no le causó miedo a Santos, mucho menos enojo. Más bien resignación.

    Un terremoto empezó a sacudir el lugar y dios dijo:

    -          Esa compasión que sientes por ti… Por mí…. Es el principio de conocer a Dios.

    Los pilares griegos empezaron a desplomarse, los ángeles y músicos corrían desesperados por las calles de oro en busca de refugio.

    -          ¿Qué está pasando? Le preguntó Santos a dios con un tono de voz aterrorizado. El gran ser permanecía en el suelo apoyándose con las rodillas y los codos mirando fijamente a su alter ego.

     

    -          Le ha llegado la hora a esta ilusión

    Santos intentó reincorporarse de su segunda caída, pero el fuerte movimiento del terremoto lo lanzó contra el piso nuevamente. Dio un giro en 90 grados para ponerse en pie, antes de hacerlo, alzó la vista y observó que al fondo una serie de criaturas de color rojo corrían también, queriendo salvarse de aquella catástrofe. Uno de ellos tenía un tridente en la mano. Aunque la distancia no permitía que lo pudieran apreciar bien, inmediatamente asoció aquellas criaturas con demonios y el que tenía tridente no podía ser nadie más que Satanás. Al ver aquella escena, Santos se quedó paralizado, casi olvidando el terremoto. El diablo mismo sintió ojos en la espalda y se detuvo. Volvió a ver a Santos fijamente, estaba lejos, pero los ojos se encontraron como si estuviesen apreciándolos en el espejo a tan sólo unos centímetros de distancia. Una sonrisa maléfica, propia del mismísimo Lucifer fue lo que hizo eco en aquella escena. ¿Qué está haciendo aquí? Se preguntaba Santos, ya la respuesta no tenía mucho sentido, pues su ilusión se desplomaba en su mente y en su corazón roto. El terremoto estaba acabando con la morada del “altísimo”.

    Como si hubiese leído la mente de Santos, Beelzebú contestó la pregunta después de acabar con su carcajada grotesca:

    -No podía dejar de apreciar cómo nuestro cielo se destruía. –La mirada más maléfica de Santos es la que mostraba Satán mientras profería aquellas palabras con su voz diabólica- No te preocupes de nuestro infierno, no queda nada ya tampoco. ¿O es que acaso tu infierno personal es la destrucción de la propia esclavitud que te ha alejado de la libertad?

    Habiéndose pronunciado el maligno, sólo el bullicio del terremoto fue lo único que se escuchó por 20 interminables segundos. Santos despreció a su propia figura de personificación del mal. Le lanzó exactamente la misma mirada, sólo que sin el trasluz rojizo que rodeaba los ojos de la bestia.

    -          ¿Te sentías cómo un niñito no? Ja Ja. Cómo si la espiritualidad fuese una regresión al servicio del ego.

    El diablo sentenció sus palabras con otra risotada aún más intensa. Un poste de oro que se desplomó acabó con aquel concierto de risas. Satanás quedó silenciado al ser aplastado de un solo golpe. Aquel accidente fatal le causó un fuertísimo dolor de cabeza a Santos, como si le hubieran golpeado fuertemente su cabeza. Como si una porción de su cerebro hubiese sido extirpada abruptamente, como si su cabeza hubiera sido lo que aquel poste de oro aplastara. Recorrió en su mente aquella escena de exterminación de Satanás. Su propio llanto desconsolado acabó con sus intenciones de ponerse en pie.

    Las grietas se abrían en el piso. Rocas caían por doquier, ya el lugar estaba colapsando. En medio de sollozos y tratando de aspirar con su nariz las lágrimas, dio esta vez una vuelta en 180 grados. Se apoyó nuevamente sobre los codos, con tristeza y en son de reclamo berreó a la decepcionante figura de su propio dios que aún estaba inamovible sobre el suelo:

    -          ¿Porqué no lo supe cuando estaba en vida? ¿Cómo pude estar engañado tantos años?

    Un muy breve silencio se interpuso entre la respuesta de dios y la pregunta de Santos.

    -          Talvez, en tu caso fue una pregunta que sólo se podía responder con la muerte misma

    La seguridad del gigante fue avasalladora, irreprochable, indiscutible.

    Se miraron fijamente, ¿Ahora qué sigue? Fue la pregunta que dibujaban los gestos y expresiones de Santos.  Su otro yo, como seguro de lo que continuaría señaló hacia arriba con la mirada.

    Era una señal.

    Santos miró al cielo, apareció en el firmamento un ventanal gigantesco  de plástico. Estaba totalmente empañado. Un barullo horrible empezó a escucharse. Se oía como la respiración torpe de algún moribundo. Este sonido llenó el salón y le causó terror. Los ecos de unas voces graves empezaron a escucharse, no se entendía lo que decían, pero hablaban apuradamente. De repente se escuchó un grito, un garabato auditivo, unas manchas verdes turquesa se notaban detrás del ventanal empañado que tenía forma como de un trébol gigante. Las voces se hacían insoportables, Santos se jalaba el pelo como si cada cabello fuera un pensamiento suyo, un recuerdo construido, una falsa imagen edificada. Súbitamente, una especie de beep empezó a acompañar a las borrosas voces. La pausa entre un sonido y otro se hacía cada vez más seguida. Santos empezó a despegar sus pies del suelo. Estaba flotando.

    Instintivamente miró hacia abajo cuando el despegue tuvo lugar. Veía con cara de pánico, como la imagen del gigante que una vez llamó Jehová se hacía más y más pequeña. La mirada de aquel tenía escrita la palabra resignación.

    Un manto de nubes tapó esta mirada para siempre. ¿O volvería a ver aquel rostro de nuevo?

    Volvió a ver hacia arriba. Se acercaba cada vez más al ventanal de plástico. Una sensación de esperanza y alivio se apoderó de él. Se sentía ansioso, quería llegar ya para acabar con aquella vil pesadilla. Los sonidos de beep y las malditas voces se hacían cada vez más molestas. El eco que tenían empezó a desaparecer. Más bien se escuchaban con más claridad. No entendía con total claridad las oraciones que se vocalizaban en el entorno, pero al menos distinguía ciertas palabras: “pulso”, “ritmo”, “descarga”. Pudo tocar el ventanal, la respiración ya casi no se oía. La inmensa estructura de plástico empezó a elevarse más y más. La respiración cesó. El ventanal inició un ascenso terrorífico, pudo ver cuándo el objeto gigante de plástico salía de su ángulo de vista. Ahora sí sabía lo que era. Era una mascarilla de oxígeno.

    El beep acabó. Otra vez recordó que ya no había respiración. La luz se apagaba, todo oscurecía. Ya no había mascarilla. Sólo había oscuridad. Como disco rayado, en su cabeza se repetía una y otra vez: Era una mascarilla, era una mascarilla, era una mascarilla.

    El susto fue demasiado, quiso volver a su pesadilla, “cualquier mal sueño es mejor que la sombra de la muerte” pensó para sí. Miró hacia abajo, trataba de agarrarse del aire como apoyo para regresar. Ya el cielo no estaba, sólo podía apreciar una gran cuna como a unos 300 metros de distancia. Era gigante, más grande que el dios con el que topó. Un bebé con chupeta vestido de blanco miraba con inocencia de ángel a Santos, impasible, lleno de satisfacción como cualquier niño recién alimentado, abrigado y cuidado. ¡Quiero regresar, quiero regresar! Repetía una y otra vez lleno de angustia y pesadumbre. Aquel paraíso infantil se marchó: Nada es tan seguro como la muerte.

    Su propia imagen de recién nacido en la cuna se terminó de esfumar entre aquellos restos de nube, como si se hubieran confundido con la pesadilla de aquel falso Edén.

     

    Y

    a no había respiración. Ya no había nada. Todos los sonidos cesaron. Sólo un vacío, sólo un infinito, una intensidad perfecta. Era nada pero al mismo tiempo era todo, era oscuro pero irradiaba de claridad. No se respiraba aire, se respiraba amor. Un abrazo con el todo. Un encuentro con el cosmos. Santos estiró la mano para tocar el vacío. Y de repente ya no había mano, ya no había Santos, se había fusionado con el todo. Lo superior y lo inferior, lo infinito y lo finito, el espíritu, la mente y la materia, todo emergió de la nada y hacia la nada.

     Ya no quedaba nada, pero al mismo tiempo quedaba todo. Toda aquella pesadilla del inconsciente se había vaciado dejando tan sólo a su consciencia tal cuál es, vacía e inseparable del gran cuerpo supremo. Pura, inmanente, radiante, eterna. Las memorias se esparcieron en el polvo cósmico. El universo dio el siguiente paso y finalmente Santos conoció a Dios.  Nunca estuvo fuera, nunca estuvo dentro, pues Dios era todo.

    La paz, la relajación, la sensación de un sólo sabor no fueron suficientes para opacar el miedo de perderse a sí mismo. La luz clara se empezó a alejar. El corazón agitado tuvo una palpitación asustadiza. ¿Pudo más el llamado del ego? La unidad perfecta, el abrazo con el todo, ambos empezaron a desmoronarse.

     

    Ya no pudo recordar la sensación del encuentro con el cosmos. Sólo escuchó unos llantos de bebé.

      

    “Despegamos hacia el cosmos, listos para todo –soledad, dificultad, desfallecimiento, muerte. Estamos orgullosos de nosotros mismos. Pero cuando piensas en ello, nuestro entusiasmo resulta ser una decepción. No queremos descubrir otros mundos; queremos espejos.” Gibarian en Solaris