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日志


3月20日

Una Visión Perecedera de la Felicidad

 

 

Iluminación y Consciencia

  Una visión perecedera de la felicidad

  Lo que nos hace felices es algo que se transforma conforme nosotros mismos nos transformamos

  Sería más sencillo pensar en la felicidad como un estado anímico estático con un destino claramente definido, adonde llegamos luego de cumplir con cierto recorrido. Nuestra tarea sería encontrar el mapa y navegar las aguas de la vida en busca del punto donde está la “X” de la felicidad. Esta noción me parece totalmente fantasiosa, pero sin embargo es asombroso ver cómo el dolor y el sufrimiento vienen a nuestras vidas por ese auto-engaño que nos infringimos al creer que la felicidad es un punto fijo cartografiado por alguien más. Otra forma de verlo es la que se basa en esta frase que he escuchado muchas veces: “Lo importante es disfrutar el camino, no llegar a la cima.” Desde cierta perspectiva puede ser cierto, pero este “disfrute” del camino que muchos profesan se convierte en un fin, y se termina igual o peor que aquellos que creían en la “X” del mapa. Es básicamente lo mismo, sólo que no interesa llegar a la “X” del mapa, sino disfrutar el recorrido por el océano. Todos los días hay una nueva “X” y esa X es el disfrute. La ansiedad por superar hoy el umbral del disfrute que tuvimos ayer se convierte en la condena de esta visión de la felicidad.

Estuve leyendo un artículo sobre la felicidad en una revista local que se llama “El Ojo” (Edición correspondiente al 24 de Enero de 2007, San José, Costa Rica). La periodista Susana F. Caro relata cómo los académicos y políticos entran en un debate por entender dónde realmente se encuentra la felicidad. Caro concluye que hay consenso en que existen dos clases de felicidad: la felicidad placentera que es temporal y la felicidad intelectual, que es la dirección que toma la vida de cada persona y que consiste en los logros a largo plazo. El artículo concluye que debe de existir un equilibrio entre ambas clases de felicidad y que el problema es que la mayoría de la gente percibe sólo una de las dos.

Yo tiendo a pensar en una noción un tanto más compleja que la que describe El Ojo en su artículo. Diría más bien que la felicidad es un conjunto de expectativas sobre la vida cuya fuente proviene de una mezcla de influencias biológicas, psicológicas, sociales y espirituales. El nivel de desarrollo consciente que tengamos en cada una de éstas áreas nos permitiría trascender la concepción de felicidad asociada a ellas y buscar niveles más óptimos de bienestar. Talvez de alguna manera esta descripción incluye lo que concluyó Susana Caro; conforme vayamos observando conscientemente este balance entre la felicidad placentera y la felicidad intelectual, el disfrute que tengamos va a exigir nuevas formas de placer.

Continuando con la idea, si como personas desarrollamos algún tipo de práctica que nos permita evolucionar y crecer en estas cuatro grandes áreas, lo más posible es que ese mapa que nos habían dado con una “X” de felicidad quede totalmente obsoleto, lo mismo con esa búsqueda continua de una nueva X cada día. Esto sucede por cuanto empezamos a adquirir la capacidad de hacernos las preguntas adecuadas y cuestionar los orígenes de aquellos paradigmas que moldearon nuestros anhelos.

La transformación que implica un cambio de este tipo, conlleva una renuncia y un sufrimiento, pues representa una desilusión total de los ideales; el norte que habíamos trazado en nuestro mapa resulta no tan creíble. ¿Cuáles son las consecuencias de esto? Pensemos en una brújula, artefacto que marca la dirección a la que vamos gracias al magnetismo que genera el centro gravitacional de la tierra. Cuando utilizamos nuestras capacidades conscientes para cuestionar la credibilidad de nuestra “brújula interna de la felicidad”, el centro gravitacional social empieza a tratar de enderezarnos por la senda que nos ha estado llevando, y esto significa una gran presión por parte de los círculos sociales en los que nos desenvolvemos, van a empeñarse en jalarnos de vuelta para que regresemos a “la normalidad”.

Dicho de otro modo, la desilusión que trae ese despertar hacia nuevos horizontes de felicidad nos va a generar sufrimiento. ¿Paradójico verdad? ¿Pero quién dijo que la felicidad no implica sufrimiento? El movimiento ascendente en una escala de desarrollo, si lo quisiéramos ver de ese modo, va a abrir nuevas posibilidades de ser feliz que van a dejar atrás los conflictos provocados por la etapa anterior, pero que van a crear nuevos retos propios de ésta nueva fase. El querer negar por completo los aspectos y vicisitudes de nuestras concepciones previas de felicidad o bien, idealizar los estadios de desarrollo en los que estamos iniciándonos o hacia los que vamos, es precisamente ponerle una “X” al mapa y retardar la realización personal debido una obsesiva compulsión por la felicidad placentera cortoplacista.

Veamos un ejemplo ilustrativo: Manuel es un ejecutivo del mundo de los negocios, después de desangrarse trabajando durante 10 años para una compañía, es despedido injustamente. Esto le causa una enorme frustración que lo sumerge en un estado depresivo por varios meses. Todo por lo que él había luchado para tener un lugar digno en la sociedad, y un estilo de vida ostentoso, se había ido por la ventana. Deambulando en su tristeza, encuentra un libro sobre la meditación que capta su atención. Empieza a leer más y más sobre el tema, se inscribe en clases de prácticas espirituales de oriente, cada vez se va asombrando más de los aprendizajes que recibe, y en un arrebato de entusiasmo, decide desarraigarse de todo su pasado materialista, vende todas sus pertenencias y toma un avión a la India para continuar su cruzada espiritual. Al cabo de tres meses se le acaba el dinero, debe regresar a su país de origen, donde tiene que conseguir un trabajo muy sencillo para poder mantenerse. La sombra de la depresión se asoma a su vida nuevamente, una sensación de decepción lo acecha. Tendrá que trabajar duro para poder financiar su búsqueda espiritual al nivel que lo estaba haciendo antes. Manuel había olvidado la utilidad del dinero y cómo éste puede ser usado para fines más justos que los que había tenido cuando construyó su carrera en el mundo corporativo.

Aunque analizar el caso de Manuel puede llevarnos a varias vertientes mucho más complejas, sólo voy a abordar la siguiente: Él se desilusionó totalmente de su concepción de felicidad basada en la riqueza material y el status. Luego la negó totalmente ante el deslumbramiento causado por las enseñanzas espirituales. Esa negación le costó caro, pues desestimó aspectos de esa fase de su desarrollo personal (la que busca superarse mediante bienes materiales y estatus en la jerarquía social) que eran necesarios para continuar sobreviviendo en el sistema en su proceso de evolución espiritual. Después de todo, el dinero sí es importante, qué tanta importancia o esperanza pongamos en él es lo que puede causar problemas.

  Para concluir, desde esta perspectiva evolucionista e integral que utilizo para abordar el tema, en la medida en que vayamos creciendo como individuos y como sociedad, nuestras visiones de felicidad siempre serán perecederas, pero las raíces viejas de aquellas nociones que teníamos de lo que realmente significa ser feliz, serán las bases para que ese árbol de la consciencia y la trascendencia siga creciendo eternamente. Nuestro desarrollo evolutivo como individuos transforma nuestra noción de felicidad en una forma en que cada vez queremos ir incluyendo más a los otros seres vivientes. No solamente seres humanos, sino toda la naturaleza, todo el universo. Esto significa que, en la medida en que avancemos espiritualmente, nuestra felicidad va siendo menos egoísta, y un marcado interés en el bien de los demás nos empuja a trascender viejos preceptos y a recordar que estamos unidos con el todo, y que pensar que estamos separados los unos de los otros es uno de los principales obstáculos en el camino a la felicidad imperecedera.

 

Luis Alejandro Fernández

20 de marzo de 2007